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domingo, 8 de mayo de 2016

Los Mejores Textos de Arturo Pérez - Reverte : El francotirador precoz

Aquel amigo de mi padre no mató a muchos. Ocho o diez, a lo sumo. Hombres. También creía haberle disparado a una mujer, por error; pero eso nunca pudo confirmarlo. Eran otros tiempos, me decía. Años lejanos de guerra civil, juventud, tiempos artesanos. Nada de visores nocturnos, intensificadores de luz, infrarrojos y otras sutilezas de ahora. Una manta en el suelo para no helarte. Un Máuser y paciencia. Mucha paciencia. El Máuser era un Coruña 35 -aún pueden verse en museos- al que le había limado la rebaba del gatillo, o algo así, e iba suave como la seda. Bastaba una presión leve, y bang. Cazaba seres humanos. Vidas.

No había nada en su casa que recordase aquello: ni condecoraciones, ni fotografías, ni armas de ninguna clase. Tardé años en saber en qué bando estuvo; perdedores y ganadores, daba lo mismo. Tampoco yo tenía claro eso de los bandos, y sigo sin tenerlo. Todo había sido cuestión de azar, técnica, condiciones personales. Estar aquí o allá en el momento adecuado. Hay quien es bueno para el violonchelo, o el cálculo, o el sexo. Él era bueno para aquello: tenía buen pulso, era paciente y tenaz. Por eso le dieron un fusil y le asignaron un tejado, una ventana, una tronera. Tenía diecisiete años. Después, muchos años más tarde, a veces, me sentaba a su lado y él me contaba. Yo estaba aquí, el objetivo allá. Dibujaba distancias imaginarias en el aire, o sobre una hoja de papel. Trayectorias. Frutas sobre la mesa. Olor a tabaco negro. He visto asesinar manzanas, naranjas, peras, pasas, nueces, piñones, vasos de vino. Bang, bang. O tal vez debería escribir asesinar a. Manzanas y nueces. Asesinar a manzanas y nueces, etcétera. Cada una de aquellas manzanas y nueces tenía derecho a preposición gramatical. El vino sobre el mantel, además, me hacía pensar en la sangre. Y vas a volver loco al niño, decía su mujer. Cómo se te ocurre. Dios mío. Cómo se te ocurre contarle esas cosas. Luego se iba, y entre el humo de tabaco negro flotaba un silencio cómplice. 
Gracias a él aprendí a caminar, a moverme siempre como si hubiese un fusil apuntándome y yo me recortase en el círculo de un visor. Y sigo haciéndolo. Cuando era pequeño jugaba a lados buenos y lados malos, camino del colegio. Asomado a la ventana, elegía víctimas imaginarias. Dispara, cambia de posición, dispara de nuevo. Sin ruido, sin alardes. Así tardan más en localizarte, o no lo hacen nunca. Otras veces me ponía en lugar del objetivo para estudiar su comportamiento. Subía y bajaba la acera, me detenía en las esquinas. Aprendí pronto una obviedad utilísima. Un arma tiene dos extremos: uno bueno y uno malo. La culata es el bueno, y el cañón es el malo. Si estás en ese extremo, o crees estarlo -es bueno creerlo siempre-, no te pares nunca. Muévete. Es más difícil acertarle a un blanco móvil que a un blanco fijo.

Una vez quise probar. Doce años. Carabina Gamo, perdigones. Me movía por un campo de batalla imaginario, y el pájaro estaba posado en una rama desnuda del cerezo, sobre un fondo gris casi bélico. Cielo de nubes bajas. Sucias -cuando al fin conocí una guerra, la confirmé como una inmensa nube baja, sucia y gris-. Me acerqué despacio, arrastrándome, entre los helechos. La paciencia era básica, le había oído decir mil veces. Tanto como el pulso, la concentración y la capacidad de pasar horas y días y semanas operando en absoluta soledad. Yo estaba resuelto a ser paciente. Me detuve y apunté, tomando mi tiempo. Da igual que se vayan, sabía. Y confirmé luego. Si esperas, siempre terminan pasando una y otra vez ante la mira. Hasta los mismos. Vaya si pasan. Y aquel no se fue. Retuve el aire al oprimir el gatillo con suavidad, y sentí en el hombro el pequeño retroceso del arma. Tump, hizo. El pájaro -un gorrión- emitió un quejido corto y seco. No sé si los gorriones se quejan. Tal vez sólo pió, o como se diga lo que hacen los pájaros cuando les meten un perdigón en el buche. O creí oírlo piar. Luego cayó como una piedra, vertical, cloc, al suelo. Quizá si no se hubiera quejado, o piado, habría sido diferente. Para mí. Para el resto de mi vida. Pero el gemido, o lo que fuera, me paralizó, inmóvil, la carabina pegada a la cara, un ojo todavía entornado y el otro abierto tras el punto de mira. No me acerqué a cobrar la pieza. Me quedé allí quieto, mirando el pequeño ovillo de plumas grises sobre la hierba. Pensando. Luego retrocedí entre los helechos y me fui en silencio.
No volví a matar. Ni un animal, ni un pez. Nunca. Deliberadamente, al menos -lo no deliberado es otra cosa-. Y quizá el título llame a engaño. Decepcione. Pero ésta no es la historia de un psicópata, sino la de un remordimiento.    

viernes, 1 de abril de 2016

Bajo el dragón

En mi barrio, como en todos los de Occidente, hay un restaurante chino. No un oriental sofisticado de los que han proliferado en Madrid desde que hasta las tabernas castizas se volvieron 'chic'. No. Un chino de toda la vida. De los que tienen una pecera, sirven cerdo agridulce y regalan un abanico o un calendario. Palacio del Dragón, ya me entienden. Ese lugar me encanta. El arroz tres delicias tiene un valor nostálgico casi proustiano. Carga con un pasado sentimental del que carecen los sabores en los que uno puede haber ido iniciándose desde que se volvió un urbanita afectado. Bajo al chino con frecuencia y compro para llevar. Lo que sobra lo como recalentado viendo una película o fútbol. De estos momentos trepidantes está hecha mi vida, pletórica de aventuras.

Observé durante un tiempo a un hombre que casi siempre estaba en el restaurante cuando yo bajaba. También él compraba para llevar. Siempre raciones ínfimas que sugerían que vivía solo. Se marchaba pinzando con dos deditos una bolsa de plástico pequeña que contenía, qué sé yo, una de chopsuey y un rollo, nunca más. Hasta aquí, tampoco había nada extraño. El hombre sugería tristeza por eso, porque parecía estar solo, porque esa bolsita que a lo mejor constituía su cena diaria parecía una ración de supervivencia. Lo que me llamó la atención fue que, al salir yo del restaurante, cuando el hombre se me había anticipado, su cena aparecía siempre depositada sobre una papelera que había a apenas unos metros de la salida. Cada vez. Se sentaba allí, pedía lo mismo siempre, esperaba tomándose una Coca-Cola, le entregaban la bolsita, pagaba, se marchaba y, ya en la calle, arrojaba su cena a la papelera. Me enteré de que iba todos los días. El hombre era por tanto un misterio que había que descifrar.

Me hice el simpático las veces siguientes que coincidimos para entablar conversación. En la mesa contigua a la nuestra, si aún era temprano y no había más clientes, a menudo estaban los empleados del restaurante, pelando gambas en completo silencio y echándolas en una enorme ensaladera para cocinarlas después. El hombre hablaba conmigo, pero lo hacía con la mirada clavada en otra parte. Más como un loco que como un tímido. Le traían su bolsita antes que a mí la mía, nos despedíamos, y al salir comprobaba que, de nuevo, la cena estaba en la papelera, intacta.

Después de algún tiempo, por fin me animé a decirle que yo sabía que tiraba la comida que compraba, y que necesitaba saber por qué lo hacía, tal era mi curiosidad. Resultó que detestaba la comida china. Él paraba todos los días en el Palacio camino de casa, donde lo esperaba, sentada a la mesa, una familia numerosa y feliz. Su esposa, sus hijos y un puchero de buena comida casera. Su matrimonio era longevo y exitoso. Él jamás había cometido una sola falta que pudiera reprocharle su reflejo en el espejo. Fue fiel, pagó impuestos, votó cada cuatro años. Sólo que, en ese momento de su existencia, había desarrollado en el Palacio del Dragón una doble vida cuya dimensión clandestina consistía en sentarse allí y aprovechar el tiempo que tardaban en prepararle la cena para observar a la camarera china de la que se había enamorado. Jamás le diría nada. Y, por supuesto, jamás probaría el chopsuey. Pensaba conformarse con lo que ya tenía: mirarla todos los días, un rato, mientras ella secaba vasos o pelaba gambas con indiferencia y desdén, con sus propias amarguras de muchacha baqueteada por el trabajo duro. Cada vez que arrojaba la comida a la papelera, el hombre expiaba el momento de culpa como quien regresa de una cita secreta en la que todos los apetitos furtivos han sido saciados. Volvía al puchero y a su propia gente preparado, después de la terapia, para soportarlos a ambos. Un día más. Por una parte, me pareció romántico y terrible. Por otra, también me pareció un desperdicio. En nuestro próximo encuentro le diré que mire a la moza todo lo que le apetezca. Pero la comida que me la dé, que a mí me sirve cuando dan fútbol.

DAVID GISTAU