jueves, 7 de abril de 2016

viernes, 1 de abril de 2016

Bajo el dragón

En mi barrio, como en todos los de Occidente, hay un restaurante chino. No un oriental sofisticado de los que han proliferado en Madrid desde que hasta las tabernas castizas se volvieron 'chic'. No. Un chino de toda la vida. De los que tienen una pecera, sirven cerdo agridulce y regalan un abanico o un calendario. Palacio del Dragón, ya me entienden. Ese lugar me encanta. El arroz tres delicias tiene un valor nostálgico casi proustiano. Carga con un pasado sentimental del que carecen los sabores en los que uno puede haber ido iniciándose desde que se volvió un urbanita afectado. Bajo al chino con frecuencia y compro para llevar. Lo que sobra lo como recalentado viendo una película o fútbol. De estos momentos trepidantes está hecha mi vida, pletórica de aventuras.

Observé durante un tiempo a un hombre que casi siempre estaba en el restaurante cuando yo bajaba. También él compraba para llevar. Siempre raciones ínfimas que sugerían que vivía solo. Se marchaba pinzando con dos deditos una bolsa de plástico pequeña que contenía, qué sé yo, una de chopsuey y un rollo, nunca más. Hasta aquí, tampoco había nada extraño. El hombre sugería tristeza por eso, porque parecía estar solo, porque esa bolsita que a lo mejor constituía su cena diaria parecía una ración de supervivencia. Lo que me llamó la atención fue que, al salir yo del restaurante, cuando el hombre se me había anticipado, su cena aparecía siempre depositada sobre una papelera que había a apenas unos metros de la salida. Cada vez. Se sentaba allí, pedía lo mismo siempre, esperaba tomándose una Coca-Cola, le entregaban la bolsita, pagaba, se marchaba y, ya en la calle, arrojaba su cena a la papelera. Me enteré de que iba todos los días. El hombre era por tanto un misterio que había que descifrar.

Me hice el simpático las veces siguientes que coincidimos para entablar conversación. En la mesa contigua a la nuestra, si aún era temprano y no había más clientes, a menudo estaban los empleados del restaurante, pelando gambas en completo silencio y echándolas en una enorme ensaladera para cocinarlas después. El hombre hablaba conmigo, pero lo hacía con la mirada clavada en otra parte. Más como un loco que como un tímido. Le traían su bolsita antes que a mí la mía, nos despedíamos, y al salir comprobaba que, de nuevo, la cena estaba en la papelera, intacta.

Después de algún tiempo, por fin me animé a decirle que yo sabía que tiraba la comida que compraba, y que necesitaba saber por qué lo hacía, tal era mi curiosidad. Resultó que detestaba la comida china. Él paraba todos los días en el Palacio camino de casa, donde lo esperaba, sentada a la mesa, una familia numerosa y feliz. Su esposa, sus hijos y un puchero de buena comida casera. Su matrimonio era longevo y exitoso. Él jamás había cometido una sola falta que pudiera reprocharle su reflejo en el espejo. Fue fiel, pagó impuestos, votó cada cuatro años. Sólo que, en ese momento de su existencia, había desarrollado en el Palacio del Dragón una doble vida cuya dimensión clandestina consistía en sentarse allí y aprovechar el tiempo que tardaban en prepararle la cena para observar a la camarera china de la que se había enamorado. Jamás le diría nada. Y, por supuesto, jamás probaría el chopsuey. Pensaba conformarse con lo que ya tenía: mirarla todos los días, un rato, mientras ella secaba vasos o pelaba gambas con indiferencia y desdén, con sus propias amarguras de muchacha baqueteada por el trabajo duro. Cada vez que arrojaba la comida a la papelera, el hombre expiaba el momento de culpa como quien regresa de una cita secreta en la que todos los apetitos furtivos han sido saciados. Volvía al puchero y a su propia gente preparado, después de la terapia, para soportarlos a ambos. Un día más. Por una parte, me pareció romántico y terrible. Por otra, también me pareció un desperdicio. En nuestro próximo encuentro le diré que mire a la moza todo lo que le apetezca. Pero la comida que me la dé, que a mí me sirve cuando dan fútbol.

DAVID GISTAU


miércoles, 30 de marzo de 2016

martes, 29 de marzo de 2016

Ofendidos y gilipollas

Todos conocemos uno, normalmente amigo o familiar... ese que toca los huevos bien tocados y mete el dedo las veces que hagan falta en la llaga, pero cuando se los tocas a él, o amagas con hurgar en la herida ya lo tienes de morros una temporada y se siente ofendido a más no poder contigo, hasta tal punto que te pone entre la espada y la pared y no hay más remedio que pedirle disculpas aunque haya sido la mayor de las gilipolleces la bromita, pero da igual, su herida sangra y es más dolorosa. 
Ni se te ocurra mosquearte tú, porque entonces carecerás de sentido de humor, tendrás poca cuerda y... Serás un picao, te recordará que sus bromas son eso..."bromas" y que él no se ha pasado de la línea que marca ser gracioso con ser gilipollas. 
Yo tengo algún amigo así, espero que lea estas líneas y se sienta reflejado en ellas, quizás se dé cuenta y aprende a meterse la lengua en el culo, o quizás aprenda y sepa aguantar las hostias que le den a él también...o seguramente se quede en el mismo punto y al día siguiente meta el purgar, el puño o el brazo en la herida, pero ojo, sin ofenderse que es una broma.

viernes, 18 de marzo de 2016

LAS HOSTIAS DE LA VIDA SIN AVISAR...

Son las hostias que te da la vida sin que las pidas, y muchas veces sin que ni siquiera las merezcas. Así sin más, sin avisar, plas plas, caes al suelo, si tienes huevos te levantas y recibes un par de hostias más. porque la vida es así de caprichosa, de jodía, de hija de puta, que le gusta jugar a tocarte un poco los cojones, es su forma de divertirse mientras tu intentas levantarte.

Porque la felicidad es así, efímera, es cierto eso que dicen que lo bueno si es breve dos veces bueno, pero joder, si dura un poco más pues también se disfrutaría mucho sin la necesidad de recibir palos para mermar los ánimos.
Así que entre los días más felices de mi vida se ha colado una buena hostia de la vida, yo la he recibido   de refilón, pero me afecta tanto porque es un familiar muy cercano, un pilar importante en mi vida y en la vida de los que tengo cerca, y los días de sol; y felicidad, se han tornado en grises y lluviosos.

No le deseo mal a nadie (o casi nadie) pero joder, no hay suficientes hijos del diablo por la tierra como para tocarle las narices a alguien que se lo merezca, ¿de verdad no hay nadie? le tiene que tocar a un hombre joven que lo único que ha hecho en su vida ha sido trabajar como un cabrón para ganarse la vida.
Así que en estas estamos, en un ring esperando el siguiente puñetazo mientras intentamos levantarnos de este hostiazo, o mejor dicho intentando ayudar a levantarse a quien la vida ha sido tan graciosa que le ha dado una de esas sin avisar. 

jueves, 7 de enero de 2016

Reyes magos y reinas magas

(Columna que Arturo Pérez-Reverte publica en XL Semanal).

Creemos que los niños son gilipollas. Que no se enteran. Que podemos engañarlos con facilidad, haciéndolos cómplices de nuestros prejuicios, torpezas y limitaciones. Pero nos equivocamos. Esos diminutos seres con cara de panoli son formidables desarrollando intuiciones magistrales y conclusiones perspicaces. Su capacidad de observación, de intuición extrema y casi animal, su honradez intelectual incontaminada por las convenciones sociales que más tarde acabarán atrapándolos, son asombrosas. Nadie tan coherente, recto y tenaz como ellos al construir mundos propios y defenderlos, aplicar el sentido común, ilusionarse con desafíos, razonar sobre evidencias. Tan consecuentes y honrados, a veces hasta la crueldad, con el mundo que ven o creen ver. Tan próximos todavía a las reglas naturales de la vida; a esas realidades inexorables que los adultos aún no hemos podido hacerles olvidar, ni enmascarar y manipular estúpidamente para ellos. O más bien para nosotros. Para nuestra comodidad y sosiego.

Me hace pensar en esto una moda reciente relacionada con la cabalgata de la noche de Reyes: confiar el papel de Melchor, Gaspar o Baltasar a una mujer. Todo, naturalmente, como cuota políticamente correcta: un tercio de sus majestades de Oriente, para cumplir con el qué dirán. Lo que se traduce en señoras disfrazadas de varón, con barba, corona y demás parafernalia. En los días siguientes al último de Reyes, algunos lectores y amigos me hicieron llegar cartas con sus opiniones sobre la cosa; y algunos, incluso, recortes de prensa con otras cartas publicadas en periódicos locales. Comentarios jocosos o indignados, según el talante de cada cual: mucha chufla y algún cabreo, como el de esa madre cuyo hijo de seis años, embozado con bufanda y gorro de lana bajo los que sólo podían verse sus ojos atónitos, le zarandeaba una mano gritando: «¡Mami, mami, ese rey es una mujer!».
No pasa nada, dirán algunos, por que un rey mago, incluso los tres, sea una mujer. Si ciertas señoras creen que su presencia ahí ayuda a conseguir más respeto para su sexo, pues oigan. Bendito sea. Adelante con los faroles. A fin de cuentas, una cabalgata de Reyes toca menos el rigor que el folklore. Puestos a disfrazarse y a dar espectáculo, sería como negarse a que en las fiestas de moros y cristianos, o en las de cartagineses y romanos -pura y divertida murga sana-, haya señoras que quieran salir de guerrero almohade o legionario romano. Allá cada cual con sus fiestas, sus disfraces y sus botas de vino. Otra cosa es cuando se trata de una reconstrucción histórica calculada y rigurosa, como Las Navas, el 2 de Mayo o la batalla de La Coruña, por ejemplo. Meter ahí a una señora de fusilero británico o de adalid navarro da el cante; quita credibilidad al asunto, porque en aquellos tiempos las señoras no andaban pegando tiros, asaltando trincheras ni dando espadazos a los infieles; y cuando ahora se escriben novelas o se hacen películas donde ocurre eso, tales películas y novelas suelen ser una imbecilidad perfecta.
El problema con los reyes magos es otro: la tradición se refiere a tres reyes varones. Y es la tradición precisamente, transmitida de padres a hijos, la que hace a los niños que aún conservan la inocencia adecuada esperar con ilusión la llegada anual de esos magos de Oriente, cuyos nombres y sexo conocen perfectamente, hasta el punto de que resulta imposible darles Baltasara por Baltasar. Y como los pequeños cabroncetes no tienen un pelo de tontos, en cuanto pasa por delante la carroza, huelen la tostada. Y se les fastidia así la fiesta, la ilusión, la fe en algunas cosas que, para bien de la Humanidad, es conveniente conserven durante el mayor tiempo posible, antes de que la vida les demuestre lo que hay bajo el cartón y el falso armiño de cada rey, mago o no mago. Y así, subida en una carroza, la reina Gaspara, o como se llame, puede que haga un favor enorme a la visibilización de la mujer; pero también estará reventando la ilusión, en su noche más hermosa del año, a millares de criaturas que, sintiéndose estafadas, se volverán a sus padres para denunciar, con justa indignación: «¡Papi, ese rey con barba es una chica!».
Así que ya pueden despedirse de la magia, nuestras criaturas. Darse por fastidiadas. En este país acomplejado y cobarde donde no caben un tonto, un sinvergüenza, un oportunista más, cualquier nueva idiotez triunfa que da gusto. Habrá polémica, claro. Sentido común versus matonismo ultrarradical. Acusaciones de machista intransigente a quien no trague. En consecuencia, las autoridades dispondrán cada vez más cabalgatas con la cuota adecuada de reyes y reinas, magos y magas, camellos y camellas, pajes y pajas. Todo sea por no discrepar. Y a los niños, pues bueno, pues vale, pues me alegro. A ésos, que les vayan dando.